El Cielo quiso esperar


Tuve la suerte de poder compartir contigo los últimos minutos de tu vida.

Fueron unos 20 minutos. Esa noche habíamos organizado turnos toda la familia para acompañarte. A mí me tocaba a las 02:00 de la madrugada. Ya estabas bajo los efectos de la sedación, tus ojos estaban cerrados y la despedida era inminente.


Me senté a tu lado y pude contarte tantas cosas... Para nosotras no había tiempo, era como si el Cielo quisiera esperar a que te contara todo.

Cuando ya no tenía nada más que decir, recordé una canción que llevaba tiempo escuchando en bucle en mis viajes en coche, y siempre pensaba en ti; pensaba que así sería tu entrada en el Cielo.


Te dije: Mamá te voy a leer una canción de Hakuna, se llama “Pluma de Escribano”. Es de un salmo (entonces no sabía que era del salmo 44) Y te la empecé a leer desde:


11Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
12prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
13La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

14Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
15la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
16las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

17«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra».

18Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.


Cuando terminé, tu respiración se hizo más lenta y abriste poco a poco los ojos, miraste hacia donde yo estaba, y tranquilamente los volviste a cerrar para siempre.

Pensé: “ya entra la princesa bellísima enjoyada” Y creo que las dos tuvimos la misma paz. El Cielo quiso esperar.










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